Día Uno

Había un niño escondido bajo las maderas en el patio que estaba esperando por mí. Me acerqué silenciosamente y te dije “estamos bien, vamos arriba, salgamos de aquí” y entonces lo hacías, salías de ese sitio siendo un hombre, siendo lo que hoy eres y caminabas detrás de mí, mirabas alrededor y nos detuvimos en las escaleras. Tus palabras claras “sube y yo voy a detenerlo para que nadie te vea, escóndote” y te obedecí, pero corría porque me escondía de tu padre a quien tú tratabas de persuadir para ir a otro lado, corría porque tenía miedo. Ahí en la habitación subiendo las escaleras había un hombre guapo en la tina de baño, me llamaba, me pedía entrar con él. Miré a la puerta y ya estabas parado al pie de las escaleras para reunirte conmigo, el resto se esfumó, solo una habitación con escaleras, contigo a punto de subir.

Desperté. Nada tiene sentido. Pienso en cómo estas hoy, en cuántos días han pasado desde que nos vimos y cuántos días desde que hablamos. Debería admitir que es justo una semana sin hablar y yo he sentido una eternidad. No es bueno. Pero no quiero molestarte, incomodarte, ni siquiera porque me encuentre preocupada por ti.

Es el primer día con las decisiones que aún no tomo, con los miedos que todavía no enfrento, pero algo comienza a romperse en mi interior.

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