Otra historia triste de sexo.

Relato del 27 de Septiembre de 2016, seguramente paso un fin de semana antes; estoy preparada para compartir lo de siempre, meses, muchos meses después:

Estaba bajando del taxi, apenas podía caminar sobre mis botas negras pero tenía que llegar cuando él salió a recibirme.

El restaurante estaba solo, la luz de los baños, el bar y la mesa de billar estaban encendidas, el resto se iluminaba muy poquito. Entre tambaleos deje mi cartera sobre la mesa junto a mi chamarra verde; le sonreí y pasé mis manos por detrás de su cuello; sus dedos apretaron mis nalgas.

Me obligó a hincarme y no supe ni cómo pero ya estaba a gatas.

— Ven acá.

Comenzó a caminar, me deslice detrás de él gateando pero ni siquiera me miró así que opté por ponerme de pie a trompicones y casi terminé estrellada detrás de él.

— ¿Traes los condones, verdad?

— No… Alguien más ya los ocupó.

— Candysh, entonces… Uhm… Mientras pensamos, chúpala.

— No puedo, no quiero… Tengo una mordida en mi labio, duele… Podemos optar por una pastilla.

Tomó mi mano muy fuerte y me jaló hasta donde se encontraba la mesa de billar, me empujó hasta dejarme sobre la tela roja y con el culo al aire porque si, ya había bajado las medias y la braga.

Me la metió hasta el fondo y de una sola estocada. ¿Y yo? Divertida y recostada, casi durmiendo y medio excitada.

— ¿Te habían cogido así? ¿Sobre una mesa de billar? ¿Te gusta?

— ¿Quieres saberlo? Bueno… — me levanté sobre mis codos y giré a verlo mientras seguía cogiéndome a ritmo fuerte— Solo… Me han follado dos hombres… ¿Crees que lo he hecho en una mesa de billar?…

— Y de esos dos… ¿Estoy yo?

— Como sea, sigue haciendo lo tuyo.

Se detuvo y me tomó del cabello para ponerme de pie, me dio la vuelta, me cargó y me tumbó nuevamente sobre la mesa de billar solo para penetrar sin pensar mí.

Era divertido tener el foco sobre mi rostro como dejándome ciega, apenas miraba, mis piernas sobre su hombro derecho y mis risas mezcladas con gemidos.

— Estás muerta, es excitante así.

— Uhm… No te detengas…

Sex
La historia de siempre, sexo.

Ya no recuerdo más excepto el drama que hice a medio patio del restaurante y un abrazo que intentó darme para calmar mi sollozo, un abrazo que no correspondí…

Tampoco sé cómo terminé en su departamento sin muebles, acurrucada junto a él sobre el suelo frío sin mantas.

Es una laguna mental, y una nota mental *no beber de más si estaré con él*.

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