Una noche difícil

Cuando abrió la puerta de su casa, solo atiné a saludarlo con un beso en la mejilla y guardar el celular en el bolsillo de mi pantalón negro, y es que resulta que ahora si debo ir vestida formalmente a la oficina todos los putos días.

Su casa estaba un poco desordenada, realmente no creía dentro de mí que a eso le llamara “limpia”, yo ya me habría desesperado, tirado unas cuantas cosas y otras metidas en cajas para no verlas sobre algún mueble esquinado y olvidado.

Pero no estaba ahí para juzgar, así que refunfuñé tantito y me giré para mirarlo mientras ponía una sonrisa en mi boca.

Él amable, puso música que le inspirara a preparar hotcakes, porque ese era el motivo detrás de mi visita: cocinaría la cena para mí y veríamos una película. Fue divertido ver cómo cantaba y bailaba, cómo hacía bromas y me apretaba las mejillas para molestarme.

-Candysh, ya no vas a morderme.
-Creo que olvidé el motivo por el cual quería darte una mordida llena de odio, olvidemos el tema y firmemos un contrato de paz. Continúa cocinando, tengo mucha hambre.

Durante un par de minutos en los que el sartén calentaba la masa y la hacía burbujear despacio, él se puso detrás de mí y pasó su brazo izquierdo por mi cintura… Me quedé inmóvil, era como si nunca antes me hubiera tocado, era sentirme imbécil ante el contacto masculino.

Veíamos una película vieja y más o menos mala, él terminó recargando su cabeza en mis piernas, media hora después terminé yo acurrucada en su pecho por el resto de la cinta. Después era hora de dormir.

-Te traje esta playera, es de Batman y sé que va a gustarte.
-Genial!- Desabroché el pantalón medio ajustado y seguí deslizándolo por las piernas hasta dejarlo en el piso, sentí su mirada.

Y Candysh les venía manejando una tanga negra de satén en la parte de enfrente y un encaje de circulitos bien detallados por detrás.

-Apagaré las luces de la sala y cocina, ya regreso.
-Claro.

Me senté en la orilla de la cama y, con toda tranquilidad iba abriendo botón por botón, hasta dejar ver un pequeño brassier de encaje negro, transparente y con tiras delicadas por encima del escote. Giré mi cabeza y ahí estaba observándome como alguien que quisiera huir pero le han atado pies y manos. Se movió lejos de la cama y balbuceó una oración que no respondí.

Me coloqué la playera y le pedí un gancho para colgar mi ropa, así que finalmente levanté mi trasero del colchón y se lo presumí mientras colocaba el gancho dentro del closét.

¿Lo peor? Qué al acostarnos, se controló y comenzó a hablar de los libros que había leído la última semana, con una de sus manos acariciando mi cintura… Y yo, dulcemente húmeda, sin poder decir más, suspirando. Me aloqué, me quité la playera, él… se alejó de mí y colocó una sábana para cubrir mi cuerpo.

-Yo no tengo frío, tengo calor, joven.
-No, simplemente no podré dormir si estas así; tu calor es otra cosa. Descansa pequeña.

Le pedí jugar conmigo, él dijo que ya lo vencía el sueño y se echó a reír muy suave, tanto que hirió mi ego.

-Sino quieres, no es a fuerza.- y me giré para quedar sobre mi espalda.
-No se trata de eso, es que realmente ha sido muy gracioso tú forma de expresar, si quiero.- colocó su cuerpo sobre el costado izquierdo, me abrazó cálidamente, besó mi cuello.
-Esta bien…

Y se durmió.

Tal vez dormí unas tres horas, desperté frustrada y todavía húmeda. Lo desperté de una mordida en el pecho, tomé su mano derecha y la puse entre mis piernas.

-¿Así vas a dejarme? ¿Voy a quedarme húmeda?

Él suspiró y apenas movió sus dedos para acariciar mi muslo, moví su mano bruscamente para que sintiera lo húmeda que estaba porque no me estaba tocando. Se enfadó, se levantó y me movió para dejar mi espalda contra el colchón, empezó a besarme mientras metía sus dedos entre mi tanga, y me obligó a mover mi muslo derecho en medio de sus piernas para frotar su erección.

No lo había visto así, siempre era tierno y amable. Se detuvo para quitarme la ropa interior, para quitarse la suya, me acomodó boca abajo y no me pidió permiso… Sencillamente se abrió paso entre mis piernas para meterla de un solo golpe, resbaló tan rico que gemí muy fuerte.

Su mano derecha rodeaba mi cuello, su mano izquierda apretaba mi hombro, él no se detenía y acercaba su boca para lamer y morder mi oreja. Y como pude deslicé mis dedos para jugar también entre mis piernas, y no quería que se detuviera, lo quería así, salvaje, hasta el fondo, lastimándome el orgullo y la poca dignidad que me quedaba.

Sentí el mar de sensaciones invadiendo cada parte de mi cuerpo, y me retorcí bajo el suyo hasta calmar mi respiración, solo un beso suyo tan delicado sobre mi espalda me regresó a lo que había provocado, de ternura a desesperación.

Me dio la vuelta y volvió a meterse entre mis piernas, en una cadencia diferente a la anterior, lo sentí abrumado, escondió su rostro en mi cuello y no se detuvo hasta correrse mientras yo le mordía el hombro y le enterraba las uñas en la espalda.

No supe si besarlo o quedarme quieta… Solo atiné a acariciar su cabello mientras dejaba caer todo su cuerpo sobre el mío, me di cuenta que no era tan delgado como pensaba. Ni tan dulce como se creía.

Era la primera vez que realmente teníamos sexo; porque yo rara vez “hacía el amor”.

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