Es tu precio un alma

La mirada que tenía en su rostro solo denotaba la furia que nuestro casual encuentro le había provocado, pero supo controlarse en un par de segundos que al momento en que nos presentaron, actuó como si no me conociera.

Me ofreció la sonrisa de aquella primera vez en que nos topamos, un gesto vacío.

Sentí una sincera alegría creciendo en mi piel cuando estreché su mano porque seguro recordaba todo el daño que le había hecho, porque al tocarme nuevamente después de muchos meses, puedo apostar a que la herida de la espalda le dolía con cada respiración que me escuchaba mientras charlábamos entre las cinco personas reunidas en esa esquina de la fiesta.

Me pregunto si habrá superado el día en que, con toda la franqueza le dije que durante ese par de años solo le había utilizado para complacerme porque no solía hacer más preguntas de lo debido.

Pasaron unas horas y lo vi acercándose a mí, creí que no lo haría, que conocía su límite y su lugar.

“¿Me acompañas con un cigarro, Ania?”
“Hace tiempo que lo dejé, te agradezco, Iván.”
“¿Una copa en la terraza?” – extendió su mano hacia mí, aún podía ver la cicatriz.
“Esta bien, pero debo decir que no entiendo y no tiene sentido.”

Caminamos hacia el sitio más alejado de la terraza, casi hasta escabullirnos en el balcón de una habitación contigua a la sala. Noté el sudor en su frente, la furia asomando otra vez en sus ojos claros.

“Quítate la ropa interior.” – me ordenó fríamente.
“No servirá de nada ¿Estás consiente de eso, Iván?” – respondí mientras deslizaba la braga debajo de mi vestido azul – “Listo, ahí la tienes adornando mis tobillos.”
“Deberías quitarlas de ahí o caerás, Ania, y no queremos accidentes… Otra vez.”
“No entendiste el juego entre nosotros, tejiste tu seguridad sobre la rutina que tenías conmigo, tejiste sentimientos que nunca existieron.”
“Esta vez mi acto no es reclamo ni venganza, es solo una despedida, digna, que sacie mi poca cordura.”

Quité la braga del suelo y la guardé en mi bolso brillante, caminé hasta la puerta de la habitación y giré la manija… Estaba abierta, le hice señas para que entrara conmigo.

Desconocía si este suceso realmente le ayudaría a superarme, a cerrar heridas y borrar cicatrices.

“Sube tu vestido y pon las manos sobre la cama, no habrá distracciones ni caricias, no las necesitas ni deseo tocarte demasiado.”

Se colocó detrás de mí y sin hacer tanto espectáculo, desabrochó su pantalón y se sacó el miembro, lo acarició un poco porque realmente estaba bastante duro. Me gustaba mirar por entre mis piernas lo que hacia.

Lo extrañé por un segundo, la comodidad de su silencio y obediencia.

“Haré esto por mero egoísmo, deberás ocuparte de tu propio placer, Ania…” – introdujo su miembro lentamente y comenzó a moverse cada vez más rápido.

Me hizo gemir pronto, no podía mentir, yo ya estaba húmeda desde que había puesto las manos sobre la cama, a su merced, por primera y única ocasión. Sus manos apretando mi cintura me ponían bastante, denotaba su enojo, su egoísmo, su venganza, su reclamo… Quiso hacerme ver que yo también podía ser un simple objeto de satisfacción, como él lo fue para mí.

Después de esto, hizo lo posible por evitarme durante la fiesta y distraerse con más mujeres en distintas charlas. Tenía la impresión de que volvería a buscarme, de que él provocaría las casualidades hasta romperse el alma solo por verme caer en un infierno como el suyo.


Los nombres aquí presentados son ficticios, es solo que me cansé de poner a Candysh como la protagonista ❤

Besos.

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