Borrador VI: Una máscara rota

El café se ha enfriado mientras hablamos, solo muevo la cuchara para fingir concentración en lo que Ichigo dice sobre mí, en lo herido que se siente al confesar sus sentimientos que no son correspondidos.

Él acaricia la palma de mi mano libre con su dedo índice mientras la conversación se torna defectuosa.

“¿Te das cuenta de lo que he dicho, cierto? Siempre tienes una forma de moldearte a la persona que te rodea, no tienes deseos de ser tú misma, no tienes la necesidad de explorar tu interior y descubrir cómo eres, qué te gusta por cuenta propia y qué hay detrás de tu negra cortina en el escenario.”
“Creo que tus palabras fueron suficiente para romperme, pero no lo permito. He sido amable con todos los que me conocen, me gusta escucharlos más que hablarles sobre mí. Me gusta sonreír todo el tiempo… No quiero complicarme, no necesito pasar las cortinas cuando he montado una buena obra con lo que aparece… No quiero ver el desastre que deja cada cambio de acto.”
“Yo he visto un poco más de ti que otros, me he sentado en silencio mientras suspiras, me gusta observarte cuando no hablo para llenar tu poca conversación… Pero me fascina más cuando por cualquier motivo comienzas a contar y garabatear en el aire sobre algo que hiciste y te emocionó, sobre algo en lo que te has interesado, sobre cosas que he visto, te atraen por curiosidad propia y no por influencia.”

La expresión de su rostro era entre amarga y esperanzada, sus labios se apretaron un poco, abrió la boca y la cerró al instante. Tomó una cucharada del pastel, masticó lentamente y tragó.

“Ya te agobié, no quiero que huyas, Emma. Solo piensa si tienes algún deseo de cambiar.”
“No. Te ofrezco continuar con lo que tengo, el mal hábito de evadirme a mí misma.”
“Solo me preocupa que te sientas cómoda con otro, así como justo ahora lo estas conmigo, porque entonces presiento que te alejarás.”

Besó la palma de mi mano con sus labios fríos… En él había algo por lo que no quería separarme, un motivo que no me forzaba a sonreír todo el tiempo, estaba segura que no se trataba de amor o sus derivados, sino conveniencia, beneficio propio.

Él no despertaba el interés por indagar en qué existía detrás de mi máscara, solo bastaba con que no me presionara para quitarla.

“Señorita, tiene una invitación al jardín. ¿Gustan acompañarnos?”
“No, realmente lo agradezco. Quisiera la cuenta.”

Ichigo me miró confuso, pero asintió, interrumpió al mesero y le entregó unos billetes que definitivamente habrían pagado varios almuerzos bien servidos. Antes de que el mesero pudiera decir algo, él se levantó y extendió su mano hacia mí, era hora de marcharnos, de abrirle mis piernas para una tregua.

Pude ver en la entrada al hombre extraño que hacia tiempo me había topado en el pasillo. Era un físico que no se olvida tan rápido. Apreté la mano de Ichigo, quien solo giró un poco para mirarme mientras nos acercábamos a la única puerta del lugar.

“Amaya, querida” – la voz cálida de Ichigo atravesó el espacio que me separaba de aquello que provocó miedo en mí.

Los ojos del tipo despeinado cruzaron con los míos y quedé helada.

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