Una pérdida, paz a cambio.

Hace unos meses, bueno, para ser exacta les diré hace cuántos meses sucedió:

A finales de marzo, cuando aún en el sitio en donde vivo no ordenaban estar en cuarentena, recibí a algunos amigos en mi departamento para beber unas cervezas. Tuvimos un pequeño problema con respecto a la detención del conductor designado porque si, se había bebido unas dos o tres cervezas, pero dejemos ahí esa parte de la historia.

Lo importante:

Cometí dos errores y un acierto ese día.

Error #1: Llamar a alguien a quien no le importas lo suficiente como para auxiliarte si te oye un poco borracho al otro lado del teléfono y te pide ayuda, y enojarme porque al final sabemos la respuesta, no me ayudó, peleamos y colgué.

Error #2: Hundirme en el enojo, egoísmo, declararme víctima y no medir la consecuencia del acto que realicé, tener sexo con el pretendiente de una de mis mejores amigas. Tal vez puedas preguntarte ¿Cómo te atreves a decirle mejor amiga si la has traicionado? En fin, hay muchas frases que me quedan por ser la villana, lo entiendo.

Acierto #1: Lo primero que hice en la mañana fue sacar al tipo de mi departamento no sin antes avisarle que mi mejor amiga ya sabía lo que había sucedido entre nosotros, y no lo necesitaba más, ya lo había usado para mi satisfacción (destrucción), ya me había equivocado, ya no lo ocupaba. Me alegré de haberle quitado a un idiota como ese, y de paso, a una persona de mi tipo también, alguien que te traiciona.

Pasé un par de meses llorando todas las noches, pensando en lo que una antigua amiga dijo “Si no te duele su ausencia, tal vez no la querías de verdad, el tiempo te lo dirá”. Sin embargo sentí que llorar y no dormir bien era lo menos que merecía por lastimar a alguien que siempre estuvo detrás de mí cada vez que yo tenía una crisis de amor propio, ella estuvo ahí para arrastrarme en cada carrera en la que sentía que las piernas me mataban y la respiración quemaba, en cada colina en la que yo quería echarme al suelo y olvidarme del paisaje que nos esperaba al final.

Era la primera vez que me arrepentía en mi vida de una decisión, la primera vez que perdía a una amiga por mérito propio.

Después de hundirme en un pozo oscuro, de ahogarme a propósito… Entendí que nadie más era responsable de lo que yo había hecho, no lo era el coraje por haber sido rechazada en una llamada, por haber sido abandonada, tampoco lo era el haber estado ebria… Entendí que entre el estímulo y la respuesta, el ser humano tiene la libertad de elegir.

Y aquí estoy, poniendo en marcha el amor propio, las decisiones sanas, la actitud ante la circunstancia, el hábito y disciplina ante mi vida. Tuve que perder a una hermosa persona para comprender que uno tiene el poder de elegir independientemente del momento. Ya, hay cosas en las que no podemos influir ni cambiar, así que solo nos queda seleccionar la fortaleza mental en que se enfrentará. Aprendí sobre el control directo, el control indirecto y la inexistencia del control: mi papel era víctima en todos los escenarios porque siempre lo elegí yo ¡Qué equivocada estuve de culpar a otros!

Y pasado todo este tiempo, el primer día de agosto mi celular vibró a eso de las dos de la mañana ¿Qué hacía despierta? Miraba una telenovela coreana, así que creí que sería alguno de los juegos que tengo instalados. Al revisarlo descubrí un número que yo tenía en lista de bloqueo:

“Te ha llamado <<el pinche vato ex pretendiente de tu ex mejor amiga>>, la llamada ha sido retenida.”

Pausé mi telenovela y medité al menos un minutos, tal vez estaba ebrio, tal vez aún tenía cosas que reclamarme pero ¡Vamos! Tampoco lo obligué a acostarse conmigo y si supieran todo lo que dijo sobre mi mejor amiga con tal de que yo me quedara callada y no hablara sobre lo que habíamos cometido, opinarían que no era un ángel.

Detuve mi curiosidad y puse en acción mi telenovela, había que ver el último capítulo; el desenlace de un romance dulce.

Ahí me di cuenta de que yo había crecido, no había entrado en pánico ni había dudado de mí, no había sentido la duda de devolverle la llamada. ¿Para qué? Las cosas no iban a cambiar y no tuve interés en su llamada a plena madrugada.

Me duele todavía la pérdida, no hay quien me acompañe a las obras de teatro, a los eventos culturales, a jugar billar y por cerveza.

Gracias por ayudarme a obtener paz, a buscar amor propio, a satisfacer mi alegría, a poner nuevos objetivos en mi vida. Perdón por haberte decepcionado, por haber fallado, yo prometo que no sucederá de nuevo con el resto de personas que de hoy en adelante entren a mi vida.

Te extraño, muchísimo.

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