El disfraz de mi novio V

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– Amable brujita, necesito hacer la inspección de esa humedad con un aparato especial.
– Una duda… ¿Está dentro del costo?
– Lo que quiero es estar dentro de ti… – jaló mi cadera un poco hacia él para que yo pudiera recostarme en el sillón.

… Unos nudillos golpearon el cristal de la ventanilla con fuerza, me asusté y choqué mi frente contra la nariz de Seven cuando él se disponía a besarme, él se levantó de forma brusca diciendo palabrotas hasta que golpeó el techo. Me reí porque enseguida del golpe, se quedó congelado como queriendo que el auto no se moviera sospechosamente.

– ¡Putos policías! ¿En serio, a esta hora?…
– Tranquilo que con tu belleza si te andan aceptando una mordida.
– ¿Mordida? ¿Soy acaso un perro?… ¡Woof!
– So-bor-no, genio.

Golpearon otra vez el cristal, pero por la oscuridad no logramos ver hacia el exterior.

– ¡Lucieeeeeeeel! – gritó una vocecita inconfundible – ¡Sal, tonto!

Nos miramos y ya sabíamos quién era: Hyun.

Mi querido Seven se acomodó el vestido y la peluca con prisa antes de hacer acto de presencia ante Zen. Yo buscaba mi ropa interior ¿Dónde carajo la dejó este torpe? Recé para que no la hubiera guardado en algún bolsillo de su disfraz.

Lo vi cerrar la puerta y escuché un poco de la conversación pero los ignoré mientras me brincaba al asiento de copiloto y continuaba la búsqueda.

– ¿Me buscabas, Zenny…? – usó una voz ronca.
– ¡Qué rayos! – agitó las manos evitando que Luciel se le acercara – ¡Mis ojoooooos! ¿Por qué me torturas?
– No, no; no podría torturarte, yo estoy chiquito ¡Pero qué cosas dices!.
– Aggghh basta Luciel. Lo peor es que vengo de mayordomo… Pfff.
– Somos la parejita perfecta, chuu… – el pelirrojo soltó una carcajada.
– ¡No te atrevas! ¿Qué haces aquí estacionado? ¿Acaso no pasaste por…? – intentó acercarse al auto para abrirlo.
– Si, si, está en el auto… – lo detuvo – Es que… Uhmm tuvo una emergencia de chicas.
– Claro… – entrecerró los ojos – ¿Y tú que hacías adentro?…
– Soy la mucama de la señorita.
– ¡Quítate! Quiero ver si esta bien. – lo empujó sorpresivamente y se abalanzó hacia la puerta.

Hallé mi lindo calzón escondido entre la palanca de freno y el asiento, muy al fondo que casi se me atora la mano en pleno rescate.

Tuve dificultades técnicas para empezar a subir la ropa interior por mis piernas debido a los múltiples hilos que se suponía la hacían lucir sexy, y también porque tenía que ser cuidadosa con el bebé de Luciel. Ya iba a la altura de mis rodillas triunfando cuando la puerta del conductor se abrió.

Grité, grité, grité. Le lancé el sombrero de bruja a Zen como defensa.

– ¡Pervertidoooos! ¡Sucioooos!

Hyun retrocedió para cerrar de forma instantánea, buscó a Seven con la mirada solo para darse cuenta de que el hombre se retorcía de risa y casi se quedaba sin respiración.

– ¡Lo lamento hermosa! ¡Juro que no vi nada! ¡Perdóname!
– Te advertí, Zen Zenny.
– Ella… Ella… Ella se estaba subiendo la ropa interior… – agitó las manos en señal de confusión.
– ¿Qué? – la risa de la mucama se detuvo pero no pudo fingir ni una pizca de seriedad y echó a reír otra vez.
– ¡Amigo la ropa interior rosita tenía muchos listones!… ¡La de tu novia! – sus mejillas estaban completamente rojas a causa de la vergüenza.
– ¡Siiii! Yo también la vi – entusiasmado formó un corazón juntando las puntas del pulgar y el índice – Y seguro no tarda en venir a golpearnos por tu culpa… Jajajaja…

En cuanto terminé de solucionar mi inconveniente me bajé del auto “furiosa” y fui hacia ellos con la intención de patearlos, al primero por dejarme sin calzones y al segundo por mirarme en paños menores. Sin embargo, la forma en que Luciel reía parecía tan relajada que no valía la pena hacer un berrinche, ya se lo reservaría para cuando llegáramos a casa por si acaso se había comido mis panecillos rellenos en forma de pescado.

Corrí hacia Zen y lo abracé por la espalda, dio un pequeño brinco y comenzó a alegar que la culpa era de Luciel, que lo disculpara por saber el color de mi ropa interior, solo reí. Él chico vestido de mucama también corrió a abrazarnos, así que entre ambos nos dimos a la tarea de morder cada quien un brazo de Zen para firmar la paz.

– ¡Me rindo, señoritas!… Hora de ir a la fiesta o Jumin se quejará como señora quisquillosa por la cero puntualidad.

Él montó su motocicleta y nosotros subimos al auto para seguirlo.

– Eres un bobo, Luciel.
– También te amo, brujita. La próxima, el astronauta te invitará a su recién adquirida nave deportiva… Para hacer cositas sucias otra vez.
– ¿Otra?… La próxima serás una monja y yo seré el padre…
– …Si – guiñó tan sexy que ya lo estaba imaginando.

Si… Él era para mí.


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Luciel, la mucama sexy.

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