El vacío favorito

Domingo de octubre por la mañana, habían memorias sin borrar.

Fue un momento fugaz, sentí unos brazos rodeando mi cuello y unos labios acariciando mi oreja, el aroma era familiar… Cuando susurró a mi oído, su voz resultó ser una de mis favoritas.

Teníamos un tiempo sin saber uno del otro, sin tener interés en lo que hubiera sucedido luego de darnos cuenta que nuestra única conexión había sido una sensación de soledad que queríamos llenar por acuerdo, sin existir en la vida del otro.

– Tiempo sin verte, y no creí encontrarte en nuestro sitio favorito – reí al escucharte y después suspiré de forma audible – ¿Puedo sentarme…?
– Adelante, no esperaba a alguien – me soltaste y elegiste la silla frente a mí.
– ¡Señorita! – te dirigiste a la mesera con una sonrisa suave – Quisiera dos malteadas, una de fresa y la otra de vainilla.
– Notaste que solo tengo un té…
– Así es, hay hábitos que aún no cambias, Candy.

Ambos reímos, era un poco de lo que compartíamos de aquel tiempo en que elegíamos a esta cafetería pequeña y muy privada como nuestro secreto, muy simple también o, al menos, eso era lo que tú opinabas.

– ¿Qué te ha traído aquí, Sebastián?
– Pienso que lo mismo que tú, Candy.
– ¿Un té de rosa con jazmín?
– Así es.
– ¡Vaya, no puede haber tan graciosa coincidencia que ir a buscar recuerdos!
– ¿Por qué no me dijiste que visitarías a tu abuela este fin de semana?
– Por eso que has dicho, es solo un fin de semana y mi abuela me ha regañado porque no usé mis vacaciones para visitarle este año.
– Agradeceré a tu abuela, hace mucho tiempo que tampoco la veo.
– Ella se encuentra excelente, gracias a Dios.
– Ese hábito tuyo… Extraño que cuides de mí, así yo no tenía que preocuparme por desayunar mal.
– Odiabas que preparara jugo de verduras… Y tu rostro era la venganza más exquisita que podía obtener.
– Tuve que comprar una cobija especialmente para ti, sigue en mi armario.
– ¿Nadie más la usó?
– No… Sería incómodo explicarles porque tiene pequeños cocodrilos y pájaros, intenté que luciera casi idéntica a la tuya.
– Al final no fue suficiente para quitarnos la sensación de vacío mientras bebíamos café juntos por la mañana.
– A veces la recuerdo, todavía no entiendo porqué nunca se fue.
– Eso nos atrajo, la pequeña mediocridad que escondíamos al resto. Yo también extraño que cuides de mí, te ocupabas tener mi ropa ordenada y por colores, tu hábito era poner mis vestidos en el sitio con mayor visibilidad…
– Me gustaba observarte con el vestido de cerezas o el de flores blancas… Luces tan inocente y dulce.
– Gracias – reí y te acerqué la malteada de fresa que había dejado la mesera frente a mí – toma, finge que la compraste para tu hermana, esta entrando.
– Siempre tan comprensible… ¿Volveremos a vernos, Candy?
– Tal vez, cuando comprendamos porque estar juntos en una simple habitación provocaba tristeza antes de dormir… – te besé con ternura – adoraba estar contigo.
– Cuídate, pequeña. Hasta entonces. – agitaste tu mano mientras me veías marchar.

Tuve la intención de perderme en sus ojos fríos, pero ya habría tiempo más adelante.

“Y no aceptábamos el motivo vacío por el cual compartíamos nuestro tiempo.”


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