Dibujando cicatrices

Eri leía un libro sentada a mitad de la cama usando un camisón rosa con detalles de encaje, se sentía cómoda y fresca para la noche en que el calor parecía no disminuir. De un segundo a otro pensó en que se hacía tarde y el hombre aún no llegaba, ni llamaba, ni daba alguna señal de vida como solía hacerlo si se trataba de trabajar durante la noche y no poder acompañarla para dormir.

¿Podría ser que en alguna misión perdiera la vida y no se enterara inmediatamente? Ella viviría con un hueco en el pecho el resto de sus días.

¿O acaso había encontrado el método perfecto para morir sin dolor que no pudo resistirse y la abandonó? Ella viviría triste y recriminándose porque no logró hacerlo feliz.

A veces sentía que el amor que aquel hombre le tenía era ligero, tan ligero, que la idea del suicidio indoloro era más atractiva que haberle dicho que estaría a su lado de maneras indirectas; se sentía mal por tener dicha inseguridad.

Él le mentiría diciendo que su lengua tenía el poder de borrarlas.

Minutos más tarde lo vio entrar a la pequeña habitación sin decir una sola palabra, parecía cansado y distraído mientras daba pequeños paseos por alrededor del sitio quitando su abrigo, su chaleco y su camisa. Finalmente se detuvo frente al mueble donde se guardan las vendas y comenzó a retirar muy despacio las tiras de tela que cubrían la parte superior de su cuerpo dejando a la vista de la mujer, el secreto.

Eri solo le observó en silencio, no quería causarle alguna molestia extra, supuso que en el trabajo debió suceder algo bastante perturbador para que su castaño favorito se encontrara ensimismado y, por primera vez desde que se conocen, la ignorara y no le regalara un beso en la frente al regresar al apartamento.

La mujer cerró el libro cuidadosamente y se deslizó muy despacio por la cama hasta llegar a la orilla, puso sus pies descalzos sobre el suelo y se dirigió hasta donde Dazai se encontraba entretenido deshaciendo el vendaje a velocidad lenta.

Por detrás, la mujer detuvo los movimientos de aquellas manos para que no continuara quitando las últimas vendas enredadas en sus muñecas y dio un beso debajo de su nuca. Se escuchó un suspiro pequeño y ella sonrió, sabía que el hombre agradecía por ser traído a la cálida burbuja.

Aún sin querer mirarla a los ojos, dejó su espalda a merced del tacto de la pequeña Eri mientras se desabrochaba el pantalón; quería desnudarse y llevársela a la cama en ese preciso instante, pero ella lo detuvo por segunda ocasión; no sabía el motivo.

Con el hombre obedeciendo tras haber abandonado su intención de quitarse el resto de la ropa, Eri paseó las yemas de sus dedos en cada marca que existía sobre la espalda de su enamorado, apreciaba cada borde bajo su tacto y sonreía por tener permitido mirar el secreto oscuro del detective.

Ya había pasado tiempo suficiente viviendo con él que se dijo a si misma que era correcto lo que haría… No reprimió más el instinto que le provocaba y llevó su boca sobre la cicatriz más grande que adornaba la espalda de Dazai, besó un extremo, pero no continuó de esa forma, en realidad sacó la punta de su lengua y se dedicó a delinear cada centímetro de ésta hasta llegar al final y depositar un segundo beso.

Lo hizo así con cada una de las marcas que había a su alcance, quería rellenarlas con su saliva y besar la piel lastimada. Ella también lamió con delicadeza las cicatrices que existían en sus brazos luego de quitar las vendas sobrantes. Finalmente se puso frente a él y lo miró con seriedad y unas mejillas rojas.

Ella tenía la boca seca, aunque no fue por mucho tiempo ya que el joven la tomó de la cintura, la acercó a su cuerpo y le dio un beso cálido en el que su lengua hurgó cada rincón de la de su mujer.

La obligó a sentir la erección que tenía mientras la arrinconaba contra el mueble, quiso hacerle saber que ese acto tierno también lo había despertado y debía hacerse responsable.

– Quiero dibujar en tu piel, Dazai – le susurró Eri antes de morder su oreja.

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