El amor corrupto – IV

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Ray se puso de pie y ayudó a la mujer a levantarse con mucho cuidado, pues todo era resbaloso y lo único que deseaba es que ella no se lastimara más. Le indicó que subiera los brazos para así envolverla delicadamente en una toalla blanca que anudó sobre el pecho, tomó otra más pequeña y se la echó al hombro. A paso lento salieron del baño tomados de la mano hasta llegar a la cama de sábanas moradas; no quería soltar sus cálidos dedos enredados a los suyos, pero necesitaba ser atendida.

– Toma asiento, por favor – pronunció con voz triste.
– Quédate conmigo…

Sin darle respuesta se sentó junto a ella sobre el colchón frío, comenzó a secar el cabello de forma tierna mientras disfrutaba el aroma a vainilla que despedían las hebras castañas. Él no deseaba mirar aquellas marcas de dientes sobre los hombros que le gritaban lo peligroso que era cuando Saeran perdía el control. ¿Acaso tomaría el riesgo de quedarse con ella tal como se lo acababa de pedir? Sería un descuidado si la complacía sabiendo del inminente peligro.

– Te extraño, Ray. Quisiera que pudieras decirme lo que está sucediendo contigo… – suspiró con tristeza.
– Lamento lo que te he hecho… Soy un torpe.
– ¡Pero no has sido tú!
– ¿Acaso ves a alguien más en esta habitación además de nosotros dos? ¿Alguien más además de mí, te ha visitado? Soy un estúpido, un bueno para nada…
– No, detente, decir eso no sirve… – se giró para mirarlo y le tomó las manos – Ray.

La toalla había quedado sobre la cabeza de la chica y al joven le pareció ligeramente gracioso, cruzó la mirada con aquellos ojos claros que estaban quietos y expectantes, ella estaba ofreciéndole un lugar seguro, pero sabía que en cualquier momento todo podía volverse oscuro y no verla más. Era así como se sentía cuando Saeran tomaba el control, cuando su agresividad y odio contra cualquier ser vivo se apoderaba por completo del cuerpo.

Ella acercaba su rostro hacia él, pero no fue correspondida, en cambio él se levantó de la cama de forma brusca y caminó unos cuántos pasos lejos de la dama que yacía aún enredada en la toalla blanca. Suspiró de forma pesada, era necesario que fuera en busca de algún medicamento para calmar las molestias de las heridas y unas pastillas para dormir, quería ayudarle a descansar sin preocupaciones.

– Regreso enseguida, mi dulce MC… Te traeré un bocadillo y algo para curar tu piel.
– ¿Volverás, verdad? Por favor, no me dejes sola… – los ojos se volvieron cristalinos.
– Confía en mí, no tardo – se acercó para besar la mano de la mujer.

Salió de la habitación con prisa, recordaba la suavidad de la piel bajo sus labios mientras caminaba hacia la habitación donde solía dormir una o dos veces a la semana, el resto la pasaba dentro de la sala de servidores trabajando o durmiendo incómodo en la silla un par de horas. En esa habitación tenía todo un cajón lleno de medicamentos que solía tomar a escondidas cuando no bebía el elixir; ese líquido que lo volvía agresivo y provocaba que su otra personalidad brotara llena de ira sin identificar los sentimientos de Ray.

Seleccionó una crema y pastillas que guardó en los bolsillos de su pantalón, pues el saco había sido olvidado en el baño donde estuvo con su adorada princesa; aprovechó la oportunidad para cambiarse la camisa por una seca y acomodar su cabello ya que algunos seguidores en el pasillo le habían visto de manera extraña. Después de salir y cerrar su habitación con llave, se dirigió a la cocina con la intención de tomar un bocadillo para la mujer, por lo visto se había alimentado muy poco ese par de días en que él se sumió en la oscuridad.

– ¡Hey! ¡Tú! ¿Quién eres? ¡Identifícate! – señaló al hombre que estaba a punto de salir de la cocina.
– Buenas noches, señor Ray. – el hombre agachó la mirada hacia el plato que tenía entre manos.
– Te hice una pregunta.
– Si, disculpe… Yo…
– ¡Olvídalo, idiota! Dame eso… – le arrebató el plato – Quítate de mi vista.
– Disculpe – el hombre regresó a la cocina sin decir más.

Ray parecía tener dudas sobre la persona con la que acababa de encontrarse ya que rara vez los seguidores se portaban así de sumisos, esas personas tenían siempre la vista en alto llena de orgullo por pertenecer al culto que les había salvado de la perdición, pero no tenía tiempo como para perderlo de manera inútil, más tarde investigaría usando las cámaras de vigilancia. Apresuró sus pasos para regresar a la habitación de su princesa, debía tener mucha hambre y frío, pues la había dejado en la toalla húmeda y sin terminar de secar su hermoso cabello.

En la puerta de la habitación habían dos guardias custodiando, Ray les dio un par de indicaciones bastante claras, la quería encerrada totalmente sin que nadie excepto él, siendo Ray podía ingresar. Los hombres dudaron un poco, pero ante la severa voz que escucharon, asintieron y se retiraron del lugar.

Entró silenciosamente a la habitación a pesar de que la luz se encontraba encendida, buscó con la mirada a la hermosa mujer y la halló frente al espejo acomodándose el camisón para dormir, su cabello castaño y largo se veía maravilloso… Admiró cada centímetro de piel que la prenda le permitió.

– He traído la cena, mi bella MC… – caminó al centro de la habitación y dejó el plato sobre la mesa.
– ¡Oh! – dio un pequeño salto – No escuché tus pasos, Ray.
– Tranquila, ven y come antes de dormir – le dijo mientras la veía acercarse.
– Gracias por este detalle – tomó asiento en la mesa – ¿Quieres acompañarme a cenar?.
– Lo haré princesa, también me ocuparé de tus heridas cuando termines el alimento.

Ray usó la silla que quedaba frente a ella en la mesa, quería observar esa sonrisa que, a pesar de todo lo que había sucedido aún no se le borraba. ¿Podía merecer amor de alguien tan noble? Algo murmuró en su oído.

No es estúpida, Ray, solo te usará para escapar. ¿Acaso crees que vales la pena, idiota? Deberías amarrarla…

Tal vez, ella amaría a los dos, pues el amor todo lo soporta ¿No?

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